Existe la
creencia de que el cuerpo humano desnudo es en sí mismo un objeto
en el que la vista se detiene con agrado y que nos complace ver representado.
Si bien el cuerpo no es mas que el punto de partida de una obra de arte,
se trata sin embargo de un pretexto de gran importancia. Desde las más
remotas manifestaciones artísticas que se conocen, vemos reflejarse
representaciones de desnudos. El cuerpo es rico en asociaciones y cuando
se convierte en arte, esas asociaciones no se pierden por completo.
En él estamos nosotros mismos, y nos suscita recuerdos de todas
las cosas que deseamos hacer con nosotros mismos; y ante todo, deseamos
perpetuarnos.
La
perfección griega.
A la pregunta
¿Qué es un desnudo? Kenneth Clark afirma: Es una forma
de arte inventada por los griegos en el siglo V, del mismo modo que
la ópera es una forma de arte inventada en Italia en el siglo
XVII. El desnudo no es un tema de Arte, sino una forma de Arte.
El cuerpo no es uno de esos temas que se puedan convertir en arte por
transcripción directa. Frecuentemente, al mirar el mundo natural
y animal, nos identificamos con lo que vemos, y mediante esta unión
creamos una obra de arte. Este es el proceso denominado en estética
empatía, el desnudo no conmueve nuestra empatía, sino
que nos produce desilusión y desaliento. No deseamos imitar;
deseamos perfeccionar.
Algunos
pensadores, han tratado también de demostrar la perfección
de la forma humana por medio de las ciencias matemáticas. Nos
encontramos en la Grecia socrática y platónica. Los griegos
introdujeron el desnudo en el arte y la perfección del cuerpo
como un ideal humano, este idea viajó a través de casi
toda la historia, este tratamiento del simple desnudo hasta llegar a
niveles de exquisitez ha sido un tema contundente desde entonces.
Estaban convencidos de que el dios Apolo era como un hombre perfectamente
bello. Era bello porque su cuerpo se ajustaba a determinadas leyes de
la proporción, por lo que participaba de la divina belleza de
las matemáticas.
Los primeros desnudos del arte griego, tradicionalmente conocidos como
Apolos, no son bellos. Son rígidos, con una especie de rigidez
ritual; las transiciones entre sus miembros son bruscas y torpes, y
tienen una extraña lisura, como si el escultor solo pudiese pensar
en un plano cada vez. Son notablemente menos naturales y flexibles que
las figuras egipcias en las que se inspiran en gran medida, las cuales
habían alcanzado una limitada perfección.
El arte
griego es fundamentalmente ideal. Parte del concepto de forma perfectas,
y solo gradualmente se siente capaz de modificar dicha forma en pro
de la imitación. Así pues, Apolo es claro e ideal antes
que bello: Hacia el año 480, aparece ante nosotros el cuerpo
humano perfecto, la figura de mármol de la Acrópolis conocida
como el Efebo de Critos. En él sentimos por primera vez el placer
apasionado por el cuerpo humano, pues la delicada avidez con que el
ojo del escultor ha seguido cada músculo o ha observado la tirantez
y el relajamiento de la piel cuando pasa por encima de un hueso no podría
haber logrado su objetivo sin una intensa sensualidad. Todos tenemos
una idea de lo que fue el atletismo griego. En los juegos griegos imperaban
dos poderosas emociones: la dedicación religiosa y el amor. Ambos
sentimientos daban al culto de la perfección físicas,
una solemnidad y un entusiasmo que no se han vuelto a experimentar desde
entonces. No es extraño que no se haya vuelto a mirar con un
sentido tan agudo de sus cualidades de proporción, simetría,
elasticidad y aplomo; y si tenemos en cuenta que este examen apasionado
del individuo iba unido a la necesidad intelectual de la forma geométrica,
podremos apreciar qué rara coincidencia elevó el desnudo
masculino a la perfección.
Es la perfección
y la sensibilidad griega la que nos lleva a pensar en esas manifestaciones
eróticas, que aparecen con las primeras imágenes del desnudo,
y que el hombre imagina. ¿Podemos considerar como manifestación
erótica el desnudo en el Arte? Según dice el profesor
Alexander, "Si el desnudo es tratado de forma que despierte en
el espectador ideas o deseos acordes con el tema material, estamos ante
un arte falso y una moral mala". Resulta evidente que ningún
desnudo, ni siquiera el más abstracto, debe dejar de despertar
en el espectador algún vestigio de sentimiento erótico,
y si no lo hace, es que estamos ante un arte malo y una moral falsa.
El deseo de abrazar y unirse a otro cuerpo humano es una parte tan fundamental
de nuestra naturaleza, que nuestra noción de lo que conocemos
como " forma pura" está inevitablemente influidas por
él; y una de las dificultades del desnudo como tema de arte consiste
en que estos instintos no pueden quedar ocultos, sino que se les hace
emerger a un primer plano, donde amenazan trastornar la unidad de respuesta
de la que una obra de arte extrae su vida independiente.
Aparte
de las necesidades biológicas, hay otras vertientes de la experiencia
humana de las que el cuerpo desnudo proporciona un vívido recuerdo:
armonía, energía, éxtasis, humildad; y cuando vemos
los hermosos resultados de tales encarnaciones, parece como si el desnudo,
como medio de expresión poseyese un valor universal y eterno.
El
desnudo fotográfico, y el desnudo pictórico.
En 1935,
al estudiar las nuevas tecnologías de reproducción, Walter
Benjamin observó que el ojo es más rápido captando
que la mano dibujando. En esta frase concisa quedo establecida una de
las desventajas fundamentales de las artes icónicas quirográficas,
frente al automatismo fotoquímico del invento de Niepce y de
Daguerre, cuando este hubo superado su estadio inicial y su exigencia
de prolongadas exposiciones. Por este motivo, añadido al fetichismo
del parecido entre imagen fotográfica y modelo, además
de la mayor economía de la nueva técnica, explicaron la
pronta implantación de la fotografía. Es bien sabido que
a partir de entones la fotografía, como sistema productor y reproductor
de imágenes, reemplazo rápidamente al dibujante, al pintor
retratista y al grabador.
A falta
de criterios estéticos en que sustentar su nueva practica, los
fotógrafos primitivos adoptaron como pautas estéticas
para su medio de expresión las procedentes de la pintura académica,
que les eran perfectamente familiares. De este modo sus concepciones
estéticas asociadas al encuadre, a la composición, a la
iluminación y a la pose se consolidaron en la fotografía,
dando origen a una tendencia que se denominaría pictorialismo.
Las estrechas interrelaciones y los préstamos mutuos que se efectuaron
entre fotografía primitiva y pintura han sido bien estudiados,
especialmente por Aaron Scharf y por Otto Stelzer. La pintura, con su
gloriosa y noble tradición multisecular, se ofreció como
un modelo estético seguro para los nuevos fotógrafos.
Mario Praz
ha considerado que la aparición histórica de la fotografía
fue responsable de los nuevos esquemas de composición pictórica
que se difundieron a partir de mediados del siglo: la preferencia por
los fragmentos en lugar de las grandes composiciones, el interés
por las vistas fugaces de la vida humilde de los campesinos, de la gente
anónima y de los paisajes carentes de detalles particularmente
atractivos, todo captado como en una instantánea.
Es difícil
no concordar con la observación de Praz acerca de la presión
de la fotografía sobre la pintura, pero desde finales del siglo
XIX, con la creciente popularidad de las cámaras portátiles,
mucha gente sin ninguna instrucción pictórica ni conocimientos
de las normas tradicionales de composición generaron tal caudal
de imágenes heterodoxas (desde el punto de vista del encuadre,
la composición, la simetría, el equilibrio de las formas,
etc.), que su presión social acabo por aparecer infiltrada en
las "herejías" estéticas de la pintura del siglo
XX, acomodada así a los nuevos modelos sociales de ver, que de
una manera involuntaria legitimaron las desviaciones heréticas
de la pintura moderna. En efecto, después de décadas de
tradición cultural aristocratizante menospreciando a la fotografía,
juzgándola más como tecnología de reproducción
que como verdadero arte, y subordinándola a la pintura, desde
los años setenta la pintura llamada "hiperrealista"
se ha puesto a imitar servilmente el naturalismo fotográfico
con una inversión de esfuerzo artesano muy superior al requerido
por el fotógrafo para obtener similares resultados. Esta sumisión
- aunque con frecuencia irónica- de la pintura a la técnica
fotográfica ha constituido un tardío ajuste de cuentas
académico.
Pero a
pesar de los esfuerzos de la pintura hiperrealista, la fotográfica
se diferencia de las artes plásticas quirográficas por
su mayor determinismo óptico, al estar genéticamente condicionada
por las formas de la realidad física visible, sin poder fantasear
( salvo utilizando trucajes) en la medida en que puede hacerlo el dibujante
o el pintor. Como escribe Barthes, " la pintura puede fingir la
realidad sin haberla visto" O como observa Susan Sotag "el
pintor construye, el fotógrafo descubre". De estas diferencias
se derivan ciertas consecuencias esenciales. La fotografía, a
diferencia del dibujo, es incapaz de producir esquemas abstractos o
estilizados de las cosas, porque es prioritariamente un instrumento
de reproducción óptica. De este modo, los defensores de
la productividad intelectual del dibujo esquemático y simbólico
pueden argüir con razón que la fotografía, debido
a su servidumbre figurativa hacia la realidad concreta hizo retroceder
aparentemente la expresión icónica a estadios intelectuales
anteriores a la expresión abstracta genérica o categorial.
Es decir, debido al mimetismo de su imagen, la fotografía nacía
como negación del ideograma.
A estos argumentos que convierten al mimetismo nativo de la fotografía
en un defecto, en comparación con la libertad creativa de las
artes quirográficas, se les puede dar la vuelta, invocando el
privilegiado carácter de certificación química
que posee la fotografía y no poseen los quirogramas. En que en
muchos países este prohibido tomar fotografías durante
los juicios ante los tribunales, mientras tal prohibición no
alcanza a los dibujantes de prensa, es elocuente acerca del salto cualitativo
que, como medio de reproducción icónica, separa el dibujo
de la foto.
Análogamente, el desnudo fotográfico encontró severos
obstáculos legales y sociales para ser aceptado, cuando el desnudo
pintado y esculpido acarreaban siglos de legitimación cultural
y estética. Las razones de su censura no eran otras que su "ofensivo"
realismo. El desnudo fotográfico de la misma época, y
a pesar de no haber conquistado todavía la reproducción
cromática que incrementa su carácter autentificador, resultaba
todavía mas ofensivamente realista, entre otras razones porque
certificaba sin genero de dudas que una mujer se había despojado
de sus ropas ante la cámara y su fotógrafo. La paradoja
moral se produjo cuando estas prohibiciones y anatemas, al investir
a la representación del desnudo de pecaminosidad o de indignidad,
le empujaron hacia su circulación en circuitos clandestinos,
favoreciendo con ello el desarrollo y cultivo de la pornografía
como negocio, pornografía que precisamente se intentaba reprimir.
El fotógrafo
de desnudo se dedica probablemente a una búsqueda de la perfección,
una vez encontrado el modelo que les agrada, son libres de iluminarlo
y hacerlo posar de acuerdo con sus nociones de belleza; finalmente,
pueden atenuar o acentuar su obra mediante el retoque. Pero a pesar
de todo su gusto y habilidad, el resultado casi nunca es satisfactorio
para los ojos habituados a las armoniosas simplificaciones de la Antigüedad.
En seguida nos molestan las arrugas, las bolsas y otras pequeñas
imperfecciones que se han eliminado en el esquema clásico. Debido
a nuestra larga costumbre, no lo miramos como un organismo vivo, sino
como un dibujo. En casi cada uno de sus detalles, el cuerpo no es esa
forma que el arte nos ha hecho creer que debería ser. Podemos
mirar con placer fotografías de árboles y de animales,
cuyo canon de perfección es menos estricto. Consciente o inconscientemente,
los fotógrafos reconocen que en una fotografía de desnudo,
el objetivo real no es reproducir el cuerpo desnudo, sino imitar la
concepción de algunos artistas sobre lo que debe ser el cuerpo
desnudo.
Rejlander,
contemporáneo de Courbet realizó una de las más
bellas fotografías de desnudo sin saberlo. Lo consiguió
parcialmente porque su arquetipo inconsciente era realista. Cuanto más
se acerca el modelo al ideal, más desafortunados son los fotógrafos
que intentan imitarlo.
Arte-Estética Ideasapiens Tránsito del Cerro
Texto publicado originariamente en A Parte Rei. Nº Abril 2001.